LOS MAYAS QUE SE VAN
Experiencias migratorias de Yucatán en el siglo XXI
El testimonio de MARISELA
Por María Fernanda Matus
Joven, inteligente, ambiciosa, Marisela se aleja del prototipo que muchas personas pueden tener de la mujer rural de Yucatán. Su historia de vida refleja sus experiencias como migrante y en cierta forma recoge también la de su padre, su esposo y sus hermanos, también migrantes.
En su familia, la opción de irse a trabajar a Estados Unidos para juntar dinero y mejorar la calidad de vida, solventar los estudios de los hijos o mejorar la vivienda, ha estado latente desde generaciones atrás. Su padre, un campesino maya que se acogió al programa Bracero en la década de los sesenta, fue el primer eslabón de una cadena que se prolongó en sus hijos y que probablemente lo hará en sus nietos.
Ante tal proximidad a la siempre latente posibilidad de migrar y las difíciles condiciones del entorno que probablemente permitirían lograr cierta mejoría pero a mucho mayor largo plazo, para los jóvenes, como lo fue para Marisela cuando salió por primera vez de su comunidad de origen a los 15 años, la experiencia de ir a Estados Unidos a trabajar resulta hasta cierto punto predecible.
Es muy probable que cuestiones como el temperamento personal, la urgencia económica y los fuertes lazos familiares sean las únicas variables que incidan para frenar esta casi “natural” proclividad a migrar en los habitantes de algunas comunidades yucatecas de predominante población maya, no así el lazo matrimonial ya que muchos hombres casados dejan a sus mujeres e hijos en la comunidad de origen e incluso se casan antes de la travesía para dejar “hecha” su propia familia.
Después de dos cruces por la frontera y una estancia de cinco años en California, Marisela Dzul Escalante regresó a radicar a Dzoncauich, un pequeño municipio del oriente de Yucatán, a
Sin embargo para Marisela, de 32 años, la travesía migratoria está lejos de haber terminado. Una vieja rivalidad amorosa y la inactividad de la comunidad contribuyen fuertemente a que se plantee constantemente la posibilidad de volver a irse cuando menos a Cancún, uno de los polos turísticos más importante de México y que se ubica a escasas tres horas de Mérida, por carretera.
“No quiero quedarme aquí, quiero hacer algo más, trabajar. La gente de aquí se la pasa hablando de lo que haces o dejas de hacer”, se queja Marisela quien ahora pasa la mayor parte del día con sus padres en una de las casas más sobresalientes de Dzoncauich y que fue adquirida gracias a las aportaciones de uno de sus hermanos, quien es el único miembro de la familia que permanece trabajando como indocumentado en Estados Unidos.
En la habitación principal de la casa, carente de muebles, la joven ha instalado una vitrina donde expone mercancía de aseo personal, perfumes y otras cosas que adquiere en Mérida, a donde acude cada semana a cobrar la remesa que puntualmente le envía su marido, quien permanece en California como indocumentado.
Como en otros municipios yucatecos, la imagen de Dzoncauich, catalogado oficialmente como un poblado de alta marginación, tiene un aire de parálisis que se dramatiza al mediodía, cuando es prácticamente imposible encontrar a una persona en las calles que se cuecen al calor de un sol fulminante.
Pero más allá de la imagen, la comunidad parece vivir en un eterno impasse determinado por la ausencia de los que se fueron y por la relativa tranquilidad de los que se han quedado y que pueden “irla llevando” con los recursos que sus familiares les envían.
Al aire, la pregunta es obligada: ¿qué opciones podría tener Dzoncauich, al igual que otros municipios, si no fuera la de las remesas?
A Marisela, por ejemplo, esta “estabilidad”, la cercanía con su madre y hermana quienes tienen la disposición para ayudarla en el cuidado de los niños, le permite participar de cuando en cuando en actividades políticas sin remuneración y atender el pequeño negocio de venta de productos de perfumería que instaló en la casa de su mamá.
El caso de Marisela, es decir, vivir separada del esposo emigrante y a cargo de los hijos en la comunidad de origen, es el más común en parejas que han buscado en la migración la forma de “salir adelante”, a pesar del costo emocional, familiar y sentimental que esto significa.
Los casos de padres que se reencuentran con la esposa y los hijos cada año o cada dos años, resultan los más afortunados frente a los que se dan después de 10 u ocho años. Es común saber de hijos que crecen con un nebuloso recuerdo físico del padre y viceversa, a pesar de que esto no altere el reconocimiento del sacrificio que el jefe de la familia está haciendo al arriesgarse a trabajar como indocumentado en Estados Unidos.
Finalmente, los frutos de este trabajo llevarán a la promoción de uno más miembros de la familia (estudios, hacerse con un lugar en la sociedad, juntar ahorros para inversión familiar, otros) y por tanto a una movilidad social o ascenso familiar.
El costo, sin embargo, es alto, sobre todo cuando la experiencia migratoria se ha extendido a varios miembros de la familia, quienes suelen regresar, como Marisela y sus cinco hermanos, todos con experiencia migratoria como indocumentados a Estados Unidos y sienten la dificultad de reintegrarse a la vida de la comunidad de origen.
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