El verdadero valor de la elección
“¡Pero si no lleva nada puesto!-exclamó un niño de pronto!
Entre los ciudadanos que asistían al desfile se inició entonces un rumor, que fue creciendo poco a poco, hasta que el rumor se convirtió en clamor.
-¡El emperador va desnudo!-acabó por gritar toda la ciudad”.
H.C. Andersen en “El traje nuevo del emperador”
Para que un sistema político sea sustentable, es decir, que se pueda reproducir, los partidos políticos y las elecciones son imprescindibles, concluye José Woldenberg en su ensayo “Para entender los partido políticos y las elecciones de los Estados Unidos Mexicanos” publicado a finales del año pasado.
La conclusión de Woldenberg parece obvia, pero entre tanta telaraña mediática, tantos discursos “aprendidos”, tantos slogans pegajosos, tantas caras bonitas (nunca como ahora los candidatos tenían tantos recursos para mejorar en las imágenes de campaña) y tanto conocimiento sobre cómo llegarle a los electores, es de esperar que la esencia del proceso pueda estar lo suficientemente tergiversada como para perderse ante nuestros ojos.
En un país donde para muchos ciudadanos la elección representa –equivocadamente-el momento cúspide de participación política ciudadana, el hecho de que los recursos mercadológicos puedan llegar a distorsionar el verdadero valor de la elección puede tener un costo muy alto en el futuro inmediato.
Si bien los mecanismos con los que el marketing político intenta “vendernos” a los candidatos y a los partidos resultan hasta cierto punto justificables, ya que naturalmente ningún político querría mostrar el lado flaco de su personalidad en su carrera por acceder al poder, la influencia que el marketing político puede tener en nuestra percepción sobre el verdadero sentido de un proceso electoral debería ser, por lo menos, tema de debate.
De manera asombrosa, el debate se concentra en hablar de forma anecdótica sobre las campañas y los candidatos, pero no sobre el proceso electoral que es el meollo del asunto, el motivo por el cual los candidatos tienen que recurrir a todas las maravillosas tretas de que dispone el marketing para “reinventarse” ante nuestros ojos, para convencernos.
Volviendo al ensayo de Woldenberg, el también ex consejero presidente del Instituto Federal Electoral, nos plantea sin mayores ínfulas la verdadera transcendencia del hecho: los ciudadanos tiene la oportunidad de participar en una elección que tendrá tres consecuencias fundamentales para nuestro futuro inmediato: producir representación, producir gobierno y producir legitimidad.
Observaríamos que, pese a todo, “los partidos políticos son organismos insustituibles e imprescindibles para la democracia si se plantean como conductos de mediación al poner en contacto a los ciudadanos con las instituciones estatales; que los partidos deberían ser conductos de expresión, un instrumento o una agencia que representa al pueblo para expresar sus exigencias”.
Como en el caso del emperador, si lográramos vislumbrar el verdadero motivo de la elección y nos diéramos cuenta de que la tela mágica no existe, tanto el proceso como sus protagonistas, los partidos y los políticos, aparecerían ante nuestros ojos completamente desnudos, tal como son.
Sólo entonces nos daríamos cuenta de que, como observó Alexis de Tocqueville, lo más admirable de los proceso abiertos radica en sus efectos políticos, en “las energías que desata”, en el hecho de que “la patria, los intereses y los asuntos del Estado se dejan sentir por todas partes, dejan de ser ajenos a la masa e interesan a los hombres en el destino de su país”.
Sólo así veríamos, como opina Woldenberg, que el proceso electoral es el momento fundamental de la participación política en las democracias modernas y que aunque evidentemente no son la única forma de participación política democrática, abre una posibilidad de participación para todos los ciudadanos, sin distinción.
Y si insistimos en hablar de los candidatos y sus campañas, no nos vendría mal hacer el mismo ejercicio: desnudarlos.
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