El perverso incentivo a la mediocridad


Mérida, Yucatán a 10 de abril de 2013

“-Decía que ellas aprendían a dibujar- prosiguió el lirón bostezando y frotándose los ojos, pues empezaba a sentir sueño- Dibujaban toda suerte de cosas; todo lo que empieza con M
-¿Por qué con M?- preguntó Alicia
-¿Por qué no?- respondió la Liebre de Marzo”
(Tomado de “Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll)



Por María Fernanda Matus Martínez

La sabiduría popular reza “adaptarse o morir”. Para la ciencia la adaptación es la clave de la sobrevivencia. Y no se pone en duda que la mejor forma de instalarse en una cultura, es seguir las costumbres y los patrones que predominan en esa sociedad.

 ¿Qué hay sin embargo, de la creatividad, de la innovación o del cambio? Estas palabras parecen contrapuestas a la fórmula más probada para subsistir porque se basa en una cuestión que todavía parece temeraria: pensar, ser o proponer cosas que se alejan del pensamiento prevaleciente. Aún más, estas palabras ni siquiera tienen una relación directa con los recursos de comunicación e información que evolucionan sin parar desde hace un par de décadas y que dominan el escenario mundial de hoy. Por el contrario, es clarísimo que fue a la inversa: esos avances fueron, en su origen, el resultado de mentes creativas, inadaptadas a las visiones comunes, mentes que vieron lo que otras, en igualdad de circunstancias, no pudieron distinguir.

Por eso es que nos fascinan las historias de éxito, como la del entusiasta y creativo empresario de software que inició su empresa en el garage de su casa cuando aún era adolescente, o la del estudiante que ensayando una forma de comunicación para sus colegas universitarios a través de la red, logró cimentar una de las firmas más importantes para la interacción social a través de la internet. O más atrás, las de aquellos inventores inadaptados que se encerraron por meses y años en buhardillas para luego revelar cosas que hasta ahora nos influyen, como las primeras formas de comunicación a distancia, la fotografía, la televisión, la imprenta o el cine.

Es posible que estas personas, por circunstancias diversas, tuvieran que rebelarse a un incentivo humano que nos persigue aún más en este siglo de las tecnologías: el perverso incentivo a la mediocridad, al pensamiento repetitivo, a la adaptación de pautas sociales, laborales y profesionales que se rigen por el viejo camino conocido y no por el nuevo por conocer.

En un mundo informativo donde todo parece estar dado, cómo podríamos crear algo diferente? Cómo generar diferencias, cambios de paradigma y de mentalidad en donde cada vez más la aspiración común es adaptarse?

Una clave para generar riqueza de pensamiento, evolución y cambio es sin duda la educación. Pero no me refiero necesariamente a la educación formal, académica, en la que estamos estacionados desde hace décadas, sin que hayan cambios reales. Para mi sorpresa Montessori y Piaget siguen siendo investigadores de “vanguardia”  en este peno siglo de las tecnologías.

Me refiero al incentivo a la creatividad, a un espíritu innovador que surge de la capacidad de probar y probar…y probar perspectivas, enfoques y formas de pensar más flexibles, que buscan, comparan, retuercen en cierta forma los caminos para llegar a más de una conclusión.

Nunca como ahora la capacidad de esbozar soluciones diversas nos ha hecho tanta falta. Nunca como ahora están creciendo generaciones incentivadas a la copia, a los patrones casi exactos de gustos, de pensamiento, de consumo, de formas de vida que aquí o en un barrio de India se mueven por el mismo modo de ver la vida. Y eso incluye los mismos vicios, las mismas drogas, los mismos desmotivos.

Nunca como antes nuestra única y básica capacidad de crear nos ha hecho tanta falta y será incluso nuestra única resistencia a seguir bajo los mismos patrones.

El incentivo a la mediocridad puede no sólo ser perverso, sino avasallador. Ensayar apartarse de los caminos andados, las citas ya usadas, las prácticas repetidas puede ser uno de los factors que nos permitan hacer algo más que sobrevivir.

Probemos también a ser un poco infelices e incomprendidos, como dicen por ahí, “toquemos fondo”. Al fin y al cabo de las cenizas surgió el Ave Fénix.

Por qué no rebelarnos, un poco cada día, a los métodos gastados?  Superar nuestra propia marca de adaptación podría derivar, quizás, incluso en una sociedad mejor, en un país más temerario pero creativo, en una generación no sólo más estudiada, sino más audaz y dispuesta al cambio.

Sorprendentemente en este país estamos reproduciendo los mismos patrones de educación y de vida social, casi sin alteraciones. Sí, usamos Internet, tenemos smartphones y hacemos gran parte de nuestra vida social en Facebook.

Pero aún hoy me parece que somos demasiado cuerdos. Parecemos presos en nuestra propia trampa de adaptarnos siempre…sólo por sobrevivir.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

La autoría desde las perspectivas finalista y causalista

Rosa Jiménez, libre!

Los jóvenes no delinquen porque las leyes son "benévolas"