No al discurso autocomplaciente de los opinadores o la reflexión de mi temor a ser devorada por el Gran Dios Colectivo
Por María
Fernanda Matus Martínez
Cuando escribía
sobre telecomunicaciones (hoy incluso el nombre parece prehistoria) las cosas
que hoy son comunes y corrientes, eran solo proyectos, exceptuando el uso del
Bluetooth que sigue sin generalizarse a pesar de que los suecos futureaban
desde hace más de una década con las aldeas globales conectadas sin cables.
Se preveían,
bajo viejos conceptos que a la vuelta de una década suenan como si se tratara
del siglo antepasado, una invasión informativa de proporciones increíbles para
la época. “El Aleph” de Borges era una referencia obligada para poder
configurar una fotografía del futuro y Alvin Toffler, Marshall McLuhan e
incluso el mismo Umberto Eco, nos advertían que estábamos encaminándonos a
escenarios particularmente revolucionarios.
Estas
proyecciones no sólo nos alcanzaron, sino que rebasaron el pronóstico: no sólo
tenemos la información que necesitamos, sino que prácticamente estamos
atrapados en un mar de dichos, imágenes y datos, que nos permiten saber de todo
de forma irremediable.
De un momento a
otro (usando el símil) somos una sociedad opinadora de todo sin dominar nada,
reproductora de frases sin que hayamos acudido a la fuente original, pescadora
de imágenes y de textos que han dado vuelta y vuelta en un mundo digital
superfluo, en el que de entrada se trata de “seguir” a otros, y en el que no
puedo dejar de preguntarme cuánta cabida puede tener la originalidad.
Por otro lado,
el tiempo se ha vuelto tan relativo, que cuando leo la noticia al día siguiente
en un impreso o escucho de mi padre una “noticia” en una de mis escasas visitas
de las tardes a su casa, frunzo el entrecejo pensando: “¿eso lo lei hace una
semana o hace una hora?” o de plano digo: “pero eso ya es nota vieja”, cuando en
realidad acaba de pasar hace tan sólo unas horas.
Mis más
profundos temores no se configuran al pensar en este tsunami de informaciones,
opiniones, juicios y sentencias que se generan en el mundo digital y que nos
ahogan a cada minuto, a veces sin posibilidades de un respiro. Viene a mi mente la imagen de mi propia figura
en un enorme océano, sujeta sólo de una pequeña tabla de salvación.
En realidad, me
concierne más el hecho, tal como se sentiría el único sobrio en un barco que se
hunde pero cuyo peligro los demás no aciertan a advertir por la borrachera, lo
difícil que será rescatarnos de la catástrofe en que se puede convertir una
sociedad sin la capacidad de discernir todo lo que gira ante sus ojos, cada
minuto, cada segundo, sin parar, en una espiral que me recuerda a la caída de Alicia en el País
de las Maravillas, cuando se asoma al hueco por donde vió huir al conejo
blanco.
Más aún, me
aterroriza el hecho de formar parte de un mundo de opinadores autocomplacientes,
que lanzan su dedo flamígero para hacer un juicio sobre cualquier cosa que ésta
sea, sin que podamos usar nuestro propio criterio para defendernos o para tomar
o no su partido.
Sería tanto como
hacer de las redes sociales una nueva dictadura moral, fascista, en la que
quienes pensaran diferente o cometieran un “error” ante los ojos de este nuevo
Gran Dios Colectivo, estuvieran destinados a ser apedreados (digitalmente) cual
Hester Prynne en “La letra escarlata”.
Para lo cual, me
niego a dejar mi obligada costumbre de dudar, indagar, investigar a mi cuenta y
riesgo, con el mismo rigor con el que debería hacerlo un fiscal investigador en
el curso de un juicio, para después llegar a una conclusión que podrá o no
estar acorde con el Gran Dios Colectivo y por la cual, estaré dispuesta a pagar
el precio.
Felizmente, a
diferencia de mis épocas de periodista formal en las que era imprescindible
trasladarse de un lugar a otro, cotejar los documentos reales o hacerla de
ratón de biblioteca, hoy, como nunca antes, las informaciones llegan hasta
nosotros tal y como Carlos Argentino evocaba al hombre moderno en “El Aleph”:
“Lo evoco-dijo
con una animación algo inexplicable-en su gabinete de estudio, como si
dijéramos en la torre albarrana de na ciudad, provisto de teléfonos, de
telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos,
de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines”
Si, es probable
que esta reflexión esté impregnada de una nostalgia perturbadora, que en nada
ayuda al análisis objetivo de esta situación que abordo, pero al menos me
permite ser, de vez en cuando, yo misma, apartarme del Gran Dios Colectivo que
reclama mi presencia y que tiene el poder de transformarme en un ser
autocomplaciente, que sabe muy poco de todo, pero que no es capaz de distinguir
mucho y que, precisamente por eso, se siente con la autoridad moral de saberlo
todo y de criticar a todos menos a sí mismo, y porque no quiero llegar a ser un “ente digital” que poco o nada tiene
que ver con mi verdadera esencia.
Quiero escapar
de la tentación de vivir un mundo digital que me da manga ancha para tener una
“doble moral”: siendo un ente ante el Gran Dios Colectivo y siendo otro en lo
poco de vida real, tangible, que todavía me queda.
Pienso, sin
comprobarlo, que algo de esa sociedad cibernética autocomplaciente, opinadora y
con su dedo de fuego apuntando como una metralleta, no es exactamente igual en
el mundo real. Porque, si así lo fuera, tendríamos un mundo real mucho más
amable y considerado con el prójimo, por ejemplo.
Y por que, de
repente, disculpando la desconfianza, todos somos más “sabios”, pero esa
sabiduría parece no empatar con las cosas que vivimos afuera.
En fin, no es de
preocuparse, si lo estuvieran. Siempre salgo del hoyo y termino asomándome al
mundo digital, ese que gobierna el Gran Dios Colectivo, que nos tienta a cada
segundo.
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