Así lo creo
La lucha de las mujeres es, ante todo, una lucha de derechos y respeto, pero no creo que deba ser un reproche constante que nos divida como sociedad. Eso, en mi entender, no nos sirve a nadie, sería tanto como ponernos al nivel Trump.
El hecho de que el origen de esta conmemoración sea trágico e incluso desafortunado, no suprime la posibilidad de celebrar avances.
No se me distorsione, pero yo ubico la lucha de las mujeres como una lucha genuina, necesaria, urgente, una lucha de personas que por múltiples y en la mayoría de los casos falsos argumentos y prejuicios, desde épocas remotas, han sido relegadas en el goce de derechos, sin que haya ninguna justificación para dejarlas en tal rezago, en ese piso disparejo, en ese papel secundario.
En los peores casos, como sabemos, esta cultura basada en la discriminación ha perpetuado acciones violentas en contra de las mujeres, de muchos grados y de diversas maneras, y tristemente empieza en el ámbito familiar, en la casa paterna primero y luego en el matrimonio y se extiende a la sociedad, que puede ser cruel al prejuzgarlas, señalarlas, etiquetarlas.
En mi percepción esa lucha, nuestra lucha, tiene más relación con la moral humana, la ética y la inteligencia que deberían distinguir la acción de cualquier ser humano con respecto del otro.
No se me mal interprete por no ser una voz radical que monopolice el “feminismo” o me diga “en pie de guerra”. Pero eso no me impide saber, estar consciente e incluso haber experimentado en mi propia historia personal y profesional la problemática de diversas aristas que vivimos las mujeres en una sociedad, ciertamente, dominada tradicionalmente e injustamente por los hombres.
No se diga que soy débil o superficial por el hecho de no gritar o no salir a marchar, o aceptar flores o felicitaciones el 8 de marzo o usar la palabra “celebrar” o agradecer las muestras de afecto. Hace 25 años que trabajo en este país y se bien lo que significa la lucha del día a día.
Eso no disminuye mi consciencia de que lo que necesitamos ciertamente es fondo, convicción social de que valemos igual como seres humanos y tenemos las mismas capacidades; de que no sólo queremos discursos, sino hechos concretos que permitan abatir un rezago que de seguir así nos llevaría más de 100 años cerrar; de que urgen salarios equitativos como lo han manifestado sectores diversos de la sociedad y que la ONU establece en 28% menos para las mujeres; que debemos dejar de ser objeto principal de abusos sexuales y violaciones como pasa ahora con 90% de víctimas sexuales mujeres; que no deseamos ser vistas ni tratadas bajo el filtro de los prejuicios, incluso por parte de las propias mujeres; que queremos ser vistas como las personas dignas que somos sea cual sea nuestro estatus civil, sujetos de derecho como todos los demás, libres para vestirnos, hablar, caminar por las calles sin ser molestadas, llevar una vida sexual en plena libertad y ser reconocidas en nuestros talentos por igual. Que no tengamos que amoldarnos a los patrones que dicta el sistema para poder lograr nuestros fines profesionales o personales. Que no tengamos que soportar las “indirectas”, bromas fuera del lugar referentes a nuestro sexo o “tratos especiales” por ser débiles, si bien siempre la cortesía será bienvenida.
No podemos seguir planteando, por ejemplo, que el matrimonio sea un valor necesario para la realización femenina.
Enfoquémonos en el mensaje y en la acción, menos en el reclamo, porque ese ha sido el ejemplo de las mujeres. Tal como recuerdo a mi madre trabajando incansablemente para mantenernos de pie, limpios, alimentados y con ideales y metas profesionales, es común que cada uno de nosotros haya tenido un ejemplo así en casa, disciplina familiar, ética forjada por madres, que tuvieron mucho que ver en la forma en que nos tratamos entre todos en nuestra vida de adultos.
Es cierto que la lucha del feminismo ha derivado en avances legales importantísimos, cada uno no menor que el otro: el derecho al voto, la posibilidad del divorcio, de vivir una vida sin violencia, de participación igualitaria en política, etc. Pero ninguna lucha que se precie de legítima se ha dado por decreto. En cambio, se transforma en una vivencia del día a día, en nuestro microcosmos familiar, social, que al final de cuentas es el que define lo socialmente "aceptable" o no “aceptable”.
Depende de todos que nuestras sociedades sigan permitiendo que las mujeres vivan “infiernos" en sus ambientes laborales, familiares y sociales, una especie de condena ilógica, inmerecida, injusta, totalmente ajena a la ética y a la moral humanas.
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