Todos tenemos madre
Por María Fernanda Matus
Convertida en trinchera comercial, el día de la madre nos alude nuevamente a las mujeres, aunque esta argucia pronto tendría que evolucionar puesto que la tendencia no parece estar favoreciendo a esta particular, única, asombrosa y tremenda cualidad de las mujeres, cada vez más reacias, en ciertos contextos, a someterse a este natural, pero no obligatorio proceso.
Bajo el tratamiento de la mercadotecnia las madres aparecen ante nosotros como seres levitantes, etéreos, cándidos, dulces, melancólicos, entregados, sonrientes, angelicales, puros y más recientemente modernos, elegantes, sofisticados y de eterna juventud y delgadez.
En contraste, el periodismo policiaco nos ofrece un lado oscuro, pero real: madres asesinas, traficantes, golpeadas y golpeadoras, suicidas, apasionadas. Y como se dice cuando se trata de calcular una multitud: entre la cifra oficial y la extraoficial deberá ubicarse lo más cercano a la verdad.
Vista desde una perspectiva, la maternidad es una particularidad que en el mayor de los casos compromete a las mujeres a una responsabilidad a la que dedicarán una gran parte de su vida; y en su mayor parte solas, aún cuando cuenten con el apoyo lateral de una pareja dentro o fuera del matrimonio o la convivencia legal. Que la mayor responsabilidad formal o extra formal de la educación de los hijos recaiga en las mujeres es todavía un hecho real en la mayoría de las culturas contemporáneas de América.
Hay que mencionar también a las madres que pudieron ser y que eligieron no serlo aún cuando la concepción se había logrado. Porque, en cualquier caso, el aborto es un proceso física y psicológicamente difícil que en teoría ninguna mujer querría pasar, pero al que tenemos derecho por el derecho mismo de la libre elección de los seres humanos para decidir las cuestiones fundamentales de su vida. Y ser madre es una importantísima que, seamos conscientes o inconscientes de ello, da un vuelco a nuestra vida, trastoca nuestra propia existencia y cambia la perspectiva que hasta entonces podíamos tener del futuro, del presente, del pasado. ¿A quién sino a ellas debería corresponder tal decisión?
La vida nos cambia es una frase que cobra mayor sentido cuando se habla de los hijos. Para la mayoría de las mujeres, liberales o conservadoras, provincianas o citadinas, pobres o ricas, universitarias o empíricas, los hijos pueden cambiarlo todo para bien y para mal, depende cómo se vea, con qué apoyo se cuente y de qué niveles de educación y de conciencia estemos hablando.
Es muy probable que incluso ambas perspectivas convivan sin contradicción alguna. Que los hijos sean una bendición como se dice comúnmente no quita que sean también, lo mínimo, una fuerte inversión de tiempo, dinero y esfuerzo que, como hemos dicho, recae mayormente en las mujeres.
Cabe mencionar también a las madres que nunca lo serán, aquéllas que han excluido la maternidad de su proyecto de vida, aquellas que no llegan a los 30 años queriendo a toda costa experimentar el hecho de ser madres como si de un capricho se tratara. Mujeres que no asumieron una falsa “obligación social” o una “experiencia” que había que pasar por el hecho de contar con la posibilidad de serlo. A estas nunca-madres mis felicitaciones
Y a las madres que han tenido que serlo por cuestiones culturales, sociales, tradicionales o religiosas sin haberse podido plantear siquiera la posibilidad de no serlo. A estas madres sin elección mis felicitaciones.
Felicidades también a las “menos madres”, mujeres que, desde la perspectiva más tradicional, podrían calificarse de “malas madres” por haber dado prioridad a su vida profesional, hallazgos científicos u obras literarias a pesar de tener uno o varios hijos. Las ha habido muy avanzadas a su tiempo y que a costa de “descuidar” a los hijos hicieron invaluables aportes a la humanidad entera.
La doctora María Montessori, adelantada más de un siglo a su tiempo, cuya concepción e investigaciones científicas aún causan revuelo hoy en día, incluso entre las madres contemporáneas, madre de un hijo, continuador de su obra, pero que a menudo tuvo que dejar encargado para dedicarse a sus estudios.
Marya Sklodowska, más conocida con su nombre de casada, Marie Curie, quien a la vez que daba a luz a su hija, en 1897, publicaba su primer trabajo científico sobre el acero y que a la muerte de su esposo y con dos premios Nobel por sus logros científicos con el radio, se vio en la situación de tener que hacerse cargo sola de sus dos hijos y a la vez sustituir a su marido en la Sorbona de Paris, como catedrática.
Margaret Mead, de quien escribe Rosa Montero, usó a su propia hija como conejillo de Indias de sus observaciones antropológicas. De Mary Wollstonecraft, más recordada como madre de Mary Shelley, autora de Frankenstein, y quien fue una de las pioneras del feminismo mundial.
Cada año, la UNESCO premia a las científicas más sobresalientes del mundo y algunas se quejan de la dificultad de sacrificar a los hijos por la ciencia. Igual que Marie Curie hace más de 100 años.
Es probable que Elvira Arellano, una madre soltera de 32 años de edad que lleva ya casi nueve meses viviendo en la Iglesia Metodista Unida Adalberto de Chicago junto a su hijo de 8 años y se niega a acatar una orden de deportación después de que fue detenida en una redada en su lugar de trabajo, represente una especie de heroína de madre emigrante.
Si a todo esto cabría añadir algo, sería para acordarnos de las madres-niña, tan comunes en nuestras zonas rurales de América Latina. Niñas que a los 13, 14, 15 ó 16 años, a penas en la pre o entrando a la adolescencia se ven enfrentadas, por circunstancias diversas, al papel de madres precoces.
Una humanidad de hijos e hijas
Pero hablar de madres implica obviamente hablar de hijos e hijas y eso nos incluye a todos y a todas, a la humanidad pues. Es un hecho: todos tenemos madre…y padre por supuesto. Visto de este modo la humanidad entera es co-responsable del hecho de la maternidad.
Que las madres –y eso se extiende en ocasiones a los padres- hagamos lo que podamos para guiar lo más cuerdamente posible a los hijos a la adultez es una cosa. Pero que los hijos lleguemos a un punto de aptitud para discernir entre lo que debemos tomar o dejar de nuestros padres es otra muy diferente. Finalmente estamos hablando de un trato entre simples, vulnerables, contradictorios y erráticos…seres humanos.
Particularmente se habla de la influencia de la madre. No es casual que los psico-pedagogos clásicos, modernos y posmodernos tiendan a dar un papel de mayor relevancia a la madre. La mayoría de los traumas de la adultez estarán relacionados con la niñez e ineludiblemente con la relación materna. Aún en los casos de males crónicos físicos siempre habrá una explicación científica o cuasi-científica que aluda mayormente a la relación madre-hijo o madre-hija por encima de la de padre-hijo o padre-hija.
Puesto en esta perspectiva, el papel de la madre siempre tenderá a quedar más en entredicho. La madre siempre estará más expuesta y en verdad se arriesgará más aunque eso implique que será juzgada con más severidad.
Ante los ojos de las sociedades que juzgan ¿la madre que abandona al hijo recién nacido tendrá menos entrañas que el padre coludido? ¿La madre que aborta debería ser más pecadora que el padre que estuvo de acuerdo?
Una de las peores cosas cuando se es madre es que los hijos y en muchos casos los maridos o parejas de vida suelen priorizar esta cualidad sobre otras. Las mujeres pasan automáticamente a ser consideradas antes madres que profesionistas, antes madres que mujeres, antes madres que...seres humanos! Entonces la mujer se desdibuja y queda atrapada, encasillada en un sólo papel y en algunos casos juzgada a través de ese lente.Así entonces, la mujer pasa de ser la amante querida a ser “la madre de mis hijos”, como si ese hecho, fundamental ya hemos dicho pero no definitorio de la calidad de un ser humano, fuera una divinidad que borra cualquier otra cualidad y que pasa por alto incluso el desamor que puede devenir entre una pareja.
Las madres también, claro, suelen pertrecharse detrás de esa condición. “No lo dejo por mis hijos”, argumentan unas respecto a la decadente relación amorosa, pero que tiene que persistir a toda costa para “salvaguardar” a los hijos.
El machismo también suele usar la maternidad. Todas pueden ser juzgadas, insultadas, burladas, menos claro está, la propia madre. Quizás simplemente porque no tener madre todavía suene a ofensa.
Convertida en trinchera comercial, el día de la madre nos alude nuevamente a las mujeres, aunque esta argucia pronto tendría que evolucionar puesto que la tendencia no parece estar favoreciendo a esta particular, única, asombrosa y tremenda cualidad de las mujeres, cada vez más reacias, en ciertos contextos, a someterse a este natural, pero no obligatorio proceso.
Bajo el tratamiento de la mercadotecnia las madres aparecen ante nosotros como seres levitantes, etéreos, cándidos, dulces, melancólicos, entregados, sonrientes, angelicales, puros y más recientemente modernos, elegantes, sofisticados y de eterna juventud y delgadez.
En contraste, el periodismo policiaco nos ofrece un lado oscuro, pero real: madres asesinas, traficantes, golpeadas y golpeadoras, suicidas, apasionadas. Y como se dice cuando se trata de calcular una multitud: entre la cifra oficial y la extraoficial deberá ubicarse lo más cercano a la verdad.
Vista desde una perspectiva, la maternidad es una particularidad que en el mayor de los casos compromete a las mujeres a una responsabilidad a la que dedicarán una gran parte de su vida; y en su mayor parte solas, aún cuando cuenten con el apoyo lateral de una pareja dentro o fuera del matrimonio o la convivencia legal. Que la mayor responsabilidad formal o extra formal de la educación de los hijos recaiga en las mujeres es todavía un hecho real en la mayoría de las culturas contemporáneas de América.
Hay que mencionar también a las madres que pudieron ser y que eligieron no serlo aún cuando la concepción se había logrado. Porque, en cualquier caso, el aborto es un proceso física y psicológicamente difícil que en teoría ninguna mujer querría pasar, pero al que tenemos derecho por el derecho mismo de la libre elección de los seres humanos para decidir las cuestiones fundamentales de su vida. Y ser madre es una importantísima que, seamos conscientes o inconscientes de ello, da un vuelco a nuestra vida, trastoca nuestra propia existencia y cambia la perspectiva que hasta entonces podíamos tener del futuro, del presente, del pasado. ¿A quién sino a ellas debería corresponder tal decisión?
La vida nos cambia es una frase que cobra mayor sentido cuando se habla de los hijos. Para la mayoría de las mujeres, liberales o conservadoras, provincianas o citadinas, pobres o ricas, universitarias o empíricas, los hijos pueden cambiarlo todo para bien y para mal, depende cómo se vea, con qué apoyo se cuente y de qué niveles de educación y de conciencia estemos hablando.
Es muy probable que incluso ambas perspectivas convivan sin contradicción alguna. Que los hijos sean una bendición como se dice comúnmente no quita que sean también, lo mínimo, una fuerte inversión de tiempo, dinero y esfuerzo que, como hemos dicho, recae mayormente en las mujeres.
Cabe mencionar también a las madres que nunca lo serán, aquéllas que han excluido la maternidad de su proyecto de vida, aquellas que no llegan a los 30 años queriendo a toda costa experimentar el hecho de ser madres como si de un capricho se tratara. Mujeres que no asumieron una falsa “obligación social” o una “experiencia” que había que pasar por el hecho de contar con la posibilidad de serlo. A estas nunca-madres mis felicitaciones
Y a las madres que han tenido que serlo por cuestiones culturales, sociales, tradicionales o religiosas sin haberse podido plantear siquiera la posibilidad de no serlo. A estas madres sin elección mis felicitaciones.
Felicidades también a las “menos madres”, mujeres que, desde la perspectiva más tradicional, podrían calificarse de “malas madres” por haber dado prioridad a su vida profesional, hallazgos científicos u obras literarias a pesar de tener uno o varios hijos. Las ha habido muy avanzadas a su tiempo y que a costa de “descuidar” a los hijos hicieron invaluables aportes a la humanidad entera.
La doctora María Montessori, adelantada más de un siglo a su tiempo, cuya concepción e investigaciones científicas aún causan revuelo hoy en día, incluso entre las madres contemporáneas, madre de un hijo, continuador de su obra, pero que a menudo tuvo que dejar encargado para dedicarse a sus estudios.
Marya Sklodowska, más conocida con su nombre de casada, Marie Curie, quien a la vez que daba a luz a su hija, en 1897, publicaba su primer trabajo científico sobre el acero y que a la muerte de su esposo y con dos premios Nobel por sus logros científicos con el radio, se vio en la situación de tener que hacerse cargo sola de sus dos hijos y a la vez sustituir a su marido en la Sorbona de Paris, como catedrática.
Margaret Mead, de quien escribe Rosa Montero, usó a su propia hija como conejillo de Indias de sus observaciones antropológicas. De Mary Wollstonecraft, más recordada como madre de Mary Shelley, autora de Frankenstein, y quien fue una de las pioneras del feminismo mundial.
Cada año, la UNESCO premia a las científicas más sobresalientes del mundo y algunas se quejan de la dificultad de sacrificar a los hijos por la ciencia. Igual que Marie Curie hace más de 100 años.
Es probable que Elvira Arellano, una madre soltera de 32 años de edad que lleva ya casi nueve meses viviendo en la Iglesia Metodista Unida Adalberto de Chicago junto a su hijo de 8 años y se niega a acatar una orden de deportación después de que fue detenida en una redada en su lugar de trabajo, represente una especie de heroína de madre emigrante.
Si a todo esto cabría añadir algo, sería para acordarnos de las madres-niña, tan comunes en nuestras zonas rurales de América Latina. Niñas que a los 13, 14, 15 ó 16 años, a penas en la pre o entrando a la adolescencia se ven enfrentadas, por circunstancias diversas, al papel de madres precoces.
Una humanidad de hijos e hijas
Pero hablar de madres implica obviamente hablar de hijos e hijas y eso nos incluye a todos y a todas, a la humanidad pues. Es un hecho: todos tenemos madre…y padre por supuesto. Visto de este modo la humanidad entera es co-responsable del hecho de la maternidad.
Que las madres –y eso se extiende en ocasiones a los padres- hagamos lo que podamos para guiar lo más cuerdamente posible a los hijos a la adultez es una cosa. Pero que los hijos lleguemos a un punto de aptitud para discernir entre lo que debemos tomar o dejar de nuestros padres es otra muy diferente. Finalmente estamos hablando de un trato entre simples, vulnerables, contradictorios y erráticos…seres humanos.
Particularmente se habla de la influencia de la madre. No es casual que los psico-pedagogos clásicos, modernos y posmodernos tiendan a dar un papel de mayor relevancia a la madre. La mayoría de los traumas de la adultez estarán relacionados con la niñez e ineludiblemente con la relación materna. Aún en los casos de males crónicos físicos siempre habrá una explicación científica o cuasi-científica que aluda mayormente a la relación madre-hijo o madre-hija por encima de la de padre-hijo o padre-hija.
Puesto en esta perspectiva, el papel de la madre siempre tenderá a quedar más en entredicho. La madre siempre estará más expuesta y en verdad se arriesgará más aunque eso implique que será juzgada con más severidad.
Ante los ojos de las sociedades que juzgan ¿la madre que abandona al hijo recién nacido tendrá menos entrañas que el padre coludido? ¿La madre que aborta debería ser más pecadora que el padre que estuvo de acuerdo?
Una de las peores cosas cuando se es madre es que los hijos y en muchos casos los maridos o parejas de vida suelen priorizar esta cualidad sobre otras. Las mujeres pasan automáticamente a ser consideradas antes madres que profesionistas, antes madres que mujeres, antes madres que...seres humanos! Entonces la mujer se desdibuja y queda atrapada, encasillada en un sólo papel y en algunos casos juzgada a través de ese lente.Así entonces, la mujer pasa de ser la amante querida a ser “la madre de mis hijos”, como si ese hecho, fundamental ya hemos dicho pero no definitorio de la calidad de un ser humano, fuera una divinidad que borra cualquier otra cualidad y que pasa por alto incluso el desamor que puede devenir entre una pareja.
Las madres también, claro, suelen pertrecharse detrás de esa condición. “No lo dejo por mis hijos”, argumentan unas respecto a la decadente relación amorosa, pero que tiene que persistir a toda costa para “salvaguardar” a los hijos.
El machismo también suele usar la maternidad. Todas pueden ser juzgadas, insultadas, burladas, menos claro está, la propia madre. Quizás simplemente porque no tener madre todavía suene a ofensa.
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