Sin Título



La vida suele darte lecciones donde menos lo esperas. Pero a veces, como la excepción que hace valer la regla, tiene el encanto de hacerlo en la forma más predecible.

Es de esperarse que ser padre o madre sea uno de los mecanismos en los que la especie no sólo se conserva, pero creo que también es una forma de hacerse comprender a sí misma. No encuentro una manera más útil de caer en cuenta de  la vida, no la nuestra ni la de otros, pero una que vale la pena re-aprender, si no es a través de nuestros propios hijos. No es nuestra, desde luego, pero tampoco es ajena. Nos importa mucho pero no podemos pretender vivir a través de ella. Podemos guiarla y contribuir con algo de experiencia, pero nuestra influencia será siempre limitada.

Cuando pienso en mi experiencia como periodista, recuerdo la forma en que describía esa profesión: ser periodista es ser un testigo privilegiado de la historia, es como tener un boleto preferencial en el escenario de la historia.

Y es algo como eso es lo que creo que nos ocurre cuando vemos pasar la vida de los hijos delante de nosotros.  Tenemos un asiento preferencial, incluso un derecho temporal para influir en ella, pero al final estaremos destinados únicamente a ver cómo esa vida se forma por sí misma. Se me figura  como en aquellas películas en las que las personas, que han vuelto a la vida, quizás en forma de espíritus,  pueden escuchar a los demás y acompañarlos, pero no pueden ser vistos ni escuchados por ellos. O como si viéramos a través de una cámara de Gessell que nos permiten ver, pero quienes están del otro lado no pueden vernos.

Se espera que ser padres sea una experiencia transformadora,  incluso aleccionadora. Pero hay un cierto misterio que casi nunca se advierte, el hecho de que sólo seremos espectadores preferenciales en una vida ajena.

Si nos empeñáramos en querer hacer de nuestros hijos el reflejo nuestro, sería un poco luchar contra sí mismo, contra nuestra propia moral, nuestros propios hábitos y creencias, por que inevitablemente trataríamos de cultivarlas en ellos. Veríamos entonces una oportunidad de corregir los errores, mejorar nuestras virtudes y lo que puede resultar peor, ampliar las expectativas de lo que no fue en nuestras propias vidas.



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