Me puedes llamar romántica...

Me dirás cuadrada, romántica y hasta ingenua, pero creo en el respeto a las reglas, incluyendo aquellas morales, es decir, las que por experiencia e intuición nos dicen lo que es o no es correcto hacer. Por ejemplo, traicionar a un amigo, engañar a un padre, matar la creatividad y alegría de vivir de un hijo. No hay un Código moral que nos marque el castigo para estas conductas, ni autoridad ni sistema que te lleve a juicio por ello. En cambio, existe el "tribunal de nuestra propia conciencia" como apuntó Juvenal, del cuál nadie escapa.
La diferencia de tener una moral y aún más una ética personal, algo como un código de conducta de la vida depende de muchos factores, por ejemplo el lugar, el medio y el país de nacimiento, porque los humanos nos adaptamos a las sociedades que nos cobijan, que terminan de siendo como una segunda familia muy extendida. Contrario a la creencia social, estoy convencida (y a las pruebas me remito) que las religiones no son tan eficaces para mantenernos a raya moralmente, como lo son los grandes colectivos humanos en los que vivimos nuestro día a día. Tal es el caso que hoy, en la vida real, vivimos bajo algunas normas de conducta aceptables por la sociedad y negadas por la iglesia, como el divorcio o la homosexualidad. Hay que admitir que, en el sentido de las libertades humanas, las sociedades le llevan la delantera a la iglesia.



Se supone que esas sociedades, formadas por nosotros, de donde salen las grandes mentes pero también las más diminutas, deberían ir enseñándonos este código de conducta, que nos irían conviertiendo en seres de bien, y así todos haríamos avanzar nuestras sociedades y desarrollarnos más y mejor.
Ya decía Rousseau que hemos nacido buenos y que nuestra naturaleza tenderá siempre a las buenas cosas.
Pero ocurre que, contrariamente, de niños sinceros, benévolos y compasivos terminamos siendo unos remedos de los buenos niños que fuimos, para convertirnos en unos adultos mentirosos, revanchistas y desobligados de cumplir incluso obligaciones civiles para mantener sano el planeta o para hacer a nuestros hijos ciudadanos de bien que puedan hacer avanzar a la sociedad.
Como decía, llámame ingenua, pero quizás por eso me entiendo tan bien con los pequeños.
Lo malo no es que estemos retrocediendo, seduciéndonos por el consumismo y empequeñeciendo nuestras mentes con informaciones iguales que circulan fugazmente y nos distraen del conocimiento útil, lo que a veces llega a preocuparme es cómo nuestras sociedades están transformando a nuestros niños y jóvenes en carne de cañón de esta época de revanchismo, desobligación y escasa moral. Abandonados a su suerte y a la tecnología, combinación terrible, la buena situación económica no los salvará de la pobreza moral a la cual los estamos arrojando.
Y aún cuando nos sabemos culpables, nos atrevemos a lamentarnos de las nuevas generaciones.
Puedes creer que soy ilusa, pero intento conservar un poco de esta conciencia en el día a día, aunque de cuando en cuando me sienta paria, extraviada en un mundo donde seguir las reglas y tener un grado de moral puede ser malo para la salud.

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