Políticos, partidos y medios: ni víctimas ni victimarios
“Los humanos somos capaces de sacrificarlo todo por las ideas que creemos verdaderas y ciertas, incluso la propia vida y la de los demás. Es lo que pasa cuando no hay mediación. La mediación es la finalidad más importante de la política. Por eso es necesario que la política no fracase. Porque cuando fracasa, muy pronto las cuestiones se convierten en un asunto de vida o muerte, de guerra o paz”
Shimon Peres, premio Nobel de la Paz 1994
Por María Fernanda Matus
Es posible que como ciudadanos todavía tengamos una idea desfasada de la política actual, en la que los políticos deberían tener por delante la idea de servir, de buscar el bien común, trabajar por el país, por la paz, coadyuvar a mejorar la aplicación de la justicia a través de leyes más justas y una serie de deseos que más bien proyectan nuestras intenciones generales, que las de un grupo de seres humanos que tienen motivaciones individuales y que básicamente se han dedicado a luchar por el poder.
De ahí que vivamos en una eterna decepción de los políticos corruptos que usan métodos poco éticos para llegar al poder; políticos incapaces para desempeñar los altos puestos de responsabilidad que ocupan; políticos sin escrúpulos que literalmente eliminan a sus adversarios; políticos incongruentes, camaleónicos, con ideologías hiper-flexibles que se convierten en simples recursos para alcanzar su propia sed de poder.
Lo que comúnmente olvidamos es que estos políticos han salido de nuestra propia sociedad y han sido criados dentro de nuestro sistema político. Muchos de ellos mantienen además un clientelismo creciente con los medios de comunicación. En fin, son algo así como nuestros propios “Frankestein”. Es posible por ello que seamos nosotros, la sociedad y el sistema político, quienes seamos los únicos capaces de vencerlos.
Hace casi 500 años el pensador florentino Nicolás Maquiavelo nos descubrió la verdadera naturaleza de la política: al tratarse de una búsqueda de poder, el conflicto en la política no es lo que se debería o no debería hacerse objetivamente.
“Se trata de prescribir al príncipe –y por extensión a todo hombre político- cómo debe actuar si quiere preservar o acrecentar su poder y no de establecer una perfecta censura lógica entre el ser y el deber ser en busca de una perfecta objetividad” Maquiavelo, en fin, le recuerda al hombre lo descarnado de su lucha por el poder.
Según Rafael Braun en su ensayo “Reflexión política y pasión humana en el realismo de Maquiavelo”, el pensador italiano formula una teoría del hombre que se basa en dos planos pesimistas. Uno de ellos es el hecho de que los deseos del hombre son insaciables “porque la naturaleza le da poder y querer desearlo todo, pero la fortuna le da el poder conseguir poco. De allí en él un descontento habitual y el disgusto por lo que posee: es un perpetuo insatisfecho”
Los partidos
Reducidos a élites organizadas bajo criterios prácticos, los partidos se han convertido en costosos e ineficientes entes burocráticos que sobreviven de partidas presupuestales y alianzas beneficiosas para su propio bolsillo, sin considerar el principio fundamental por el que se llaman partidos: el de la representación.
Alejados de los ciudadanos, de sus propias plataformas y de los principios por los que fueron creados, no sólo son desconocidos, sino que además las actuaciones de sus propios líderes han logrado socavar la confianza de sus afiliados.
Con una estrecha visión que se reduce al acercamiento a los ciudadanos en periodos electorales o pre-electorales, los partidos han guardado en el desván de los cacharros inservibles la idea de mantener una relación estrecha con los ciudadanos, mientras que el sistema presidencialista y la ausencia de reformas políticas han desincentivado su eficiencia.
El pensador italiano Giovanni Sartori propuso hace unos años un “sistema de gobierno de hipopresidente”, un acuerdo que hiciera eficaz y equilibrada la relación entre el Presidente y el Congreso, pieza clave para que la democracia ofrezca más beneficios que saldos negativos.
Las propuestas de Sartori, un estudioso de la democracia mexicana que ha planteado soluciones viables para mejorar el desempeño y lograr un sistema eficaz aún en el marco del presidencialismo mexicano, no deberían ser desdeñadas.
En su visión, el presidente, los diputados y senadores y los partidos deberían ser incentivados a cumplir mejor su papel y ser sustituidos o castigados si no lo hacen. Para ello, sin embargo, son necesarias reformas electorales de fondo que sólo podrían ser impulsadas por la sociedad y planteadas por el legislativo.
Los medios
Desafortunadamente los medios no están abonando en la tarea de mejorar este maltrecho panorama. Para muchos observadores críticos más bien están dificultando el camino.
Los medios de comunicación han alcanzado un poder tal que han trasladado estos temas del ámbito político al ámbito mediático. Son ellos los que juzgan, argumentan, condenan y resuelven. No es descabellado pensar que los partidos, los políticos y los ciudadanos están a su merced.
El dos veces primer ministro de Israel Shimon Péres lo pone de este modo:
“Antes, el poder se hallaba todavía en manos de los políticos, hoy veo que las masas lo ejercen en mayor medida. O por lo menos, los medios de comunicación de masas. En los tiempos que corren, todos los lugares en donde se debate la política están como conectados a un altavoz. Los políticos celebran sus reuniones en grandes salas y no se hablan directamente sino a través de micrófonos. Las cámaras de televisión lo graban todo, sin perder detalle. De esta manera, la política la hacen cada vez más la televisión y los medios. No sería exagerado decir que nosotros tenemos menos fuerza que ellos”.
Apenas el año pasado, en su más reciente obra “Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos”, el investigador Raúl Trejo puso nuevamente sobre la mesa de discusión el tema siempre abierto y complejo del poder de los medios y la ausencia de contrapesos en el espacio público y de regulaciones eficaces en el terreno legal que permitan que estos nuevos poderosos asuman actitudes más decorosas.
En el viejo periodismo el clientelismo entre los medios y el gobierno se fraguaban desde las antiguas oficinas de prensa, donde se decidía a dónde dirigir las partidas publicitarias, con la consabida consigna de poner a dieta rigurosa de recursos a aquellos que no hubieran seguido las líneas discursivas marcadas por el gobierno.
En el mercado actual de medios de comunicación las partidas presupuestales para las campañas y las cuotas destinadas a la manutención de los partidos se han convertido en el nuevo botín en disputa, un nuevo modelo de clientelismo donde los medios tiene “la sartén por el mango” al grado de llegar a abiertas o sutiles “extorsiones” hacia políticos y partidos, más aún si se trata de mercados donde se da el duopolio o el monopolio informativo.
Los ciudadanos
Parece que a los ciudadanos nos está tocando la peor parte: desinformados, desorganizados, sujetos a la “realidad” que cada día publican los medios y despreciados por un sistema democrático que mantenemos con nuestro propio dinero, nos vemos acorralados en la disyuntiva de hacer frente o evadirnos.
Ante todos estos embates políticos y mediáticos, el ciudadano común sólo tiene una salida, la de defenderse.
Esto implica, claro, hacer un ejercicio para pasar de simples consumidores de medios, de realidades procesadas, a convertirnos en un público atento que ve, escucha, compara y se informa.
Algunos pensadores creen desde hace varias décadas que existe un público estático, que acepta el panorama tal como está sin el menor grado de escepticismo, que se “traga” las noticias, la llamada “realidad publicada” sin ningún procesamiento.
Sin embargo, los ciudadanos también se están transformando y estoy segura que éstos últimos tienden a desaparecer.
Shimon Peres, premio Nobel de la Paz 1994
Por María Fernanda Matus
Es posible que como ciudadanos todavía tengamos una idea desfasada de la política actual, en la que los políticos deberían tener por delante la idea de servir, de buscar el bien común, trabajar por el país, por la paz, coadyuvar a mejorar la aplicación de la justicia a través de leyes más justas y una serie de deseos que más bien proyectan nuestras intenciones generales, que las de un grupo de seres humanos que tienen motivaciones individuales y que básicamente se han dedicado a luchar por el poder.
De ahí que vivamos en una eterna decepción de los políticos corruptos que usan métodos poco éticos para llegar al poder; políticos incapaces para desempeñar los altos puestos de responsabilidad que ocupan; políticos sin escrúpulos que literalmente eliminan a sus adversarios; políticos incongruentes, camaleónicos, con ideologías hiper-flexibles que se convierten en simples recursos para alcanzar su propia sed de poder.
Lo que comúnmente olvidamos es que estos políticos han salido de nuestra propia sociedad y han sido criados dentro de nuestro sistema político. Muchos de ellos mantienen además un clientelismo creciente con los medios de comunicación. En fin, son algo así como nuestros propios “Frankestein”. Es posible por ello que seamos nosotros, la sociedad y el sistema político, quienes seamos los únicos capaces de vencerlos.
Hace casi 500 años el pensador florentino Nicolás Maquiavelo nos descubrió la verdadera naturaleza de la política: al tratarse de una búsqueda de poder, el conflicto en la política no es lo que se debería o no debería hacerse objetivamente.
“Se trata de prescribir al príncipe –y por extensión a todo hombre político- cómo debe actuar si quiere preservar o acrecentar su poder y no de establecer una perfecta censura lógica entre el ser y el deber ser en busca de una perfecta objetividad” Maquiavelo, en fin, le recuerda al hombre lo descarnado de su lucha por el poder.
Según Rafael Braun en su ensayo “Reflexión política y pasión humana en el realismo de Maquiavelo”, el pensador italiano formula una teoría del hombre que se basa en dos planos pesimistas. Uno de ellos es el hecho de que los deseos del hombre son insaciables “porque la naturaleza le da poder y querer desearlo todo, pero la fortuna le da el poder conseguir poco. De allí en él un descontento habitual y el disgusto por lo que posee: es un perpetuo insatisfecho”
Los partidos
Reducidos a élites organizadas bajo criterios prácticos, los partidos se han convertido en costosos e ineficientes entes burocráticos que sobreviven de partidas presupuestales y alianzas beneficiosas para su propio bolsillo, sin considerar el principio fundamental por el que se llaman partidos: el de la representación.
Alejados de los ciudadanos, de sus propias plataformas y de los principios por los que fueron creados, no sólo son desconocidos, sino que además las actuaciones de sus propios líderes han logrado socavar la confianza de sus afiliados.
Con una estrecha visión que se reduce al acercamiento a los ciudadanos en periodos electorales o pre-electorales, los partidos han guardado en el desván de los cacharros inservibles la idea de mantener una relación estrecha con los ciudadanos, mientras que el sistema presidencialista y la ausencia de reformas políticas han desincentivado su eficiencia.
El pensador italiano Giovanni Sartori propuso hace unos años un “sistema de gobierno de hipopresidente”, un acuerdo que hiciera eficaz y equilibrada la relación entre el Presidente y el Congreso, pieza clave para que la democracia ofrezca más beneficios que saldos negativos.
Las propuestas de Sartori, un estudioso de la democracia mexicana que ha planteado soluciones viables para mejorar el desempeño y lograr un sistema eficaz aún en el marco del presidencialismo mexicano, no deberían ser desdeñadas.
En su visión, el presidente, los diputados y senadores y los partidos deberían ser incentivados a cumplir mejor su papel y ser sustituidos o castigados si no lo hacen. Para ello, sin embargo, son necesarias reformas electorales de fondo que sólo podrían ser impulsadas por la sociedad y planteadas por el legislativo.
Los medios
Desafortunadamente los medios no están abonando en la tarea de mejorar este maltrecho panorama. Para muchos observadores críticos más bien están dificultando el camino.
Los medios de comunicación han alcanzado un poder tal que han trasladado estos temas del ámbito político al ámbito mediático. Son ellos los que juzgan, argumentan, condenan y resuelven. No es descabellado pensar que los partidos, los políticos y los ciudadanos están a su merced.
El dos veces primer ministro de Israel Shimon Péres lo pone de este modo:
“Antes, el poder se hallaba todavía en manos de los políticos, hoy veo que las masas lo ejercen en mayor medida. O por lo menos, los medios de comunicación de masas. En los tiempos que corren, todos los lugares en donde se debate la política están como conectados a un altavoz. Los políticos celebran sus reuniones en grandes salas y no se hablan directamente sino a través de micrófonos. Las cámaras de televisión lo graban todo, sin perder detalle. De esta manera, la política la hacen cada vez más la televisión y los medios. No sería exagerado decir que nosotros tenemos menos fuerza que ellos”.
Apenas el año pasado, en su más reciente obra “Poderes salvajes. Mediocracia sin contrapesos”, el investigador Raúl Trejo puso nuevamente sobre la mesa de discusión el tema siempre abierto y complejo del poder de los medios y la ausencia de contrapesos en el espacio público y de regulaciones eficaces en el terreno legal que permitan que estos nuevos poderosos asuman actitudes más decorosas.
En el viejo periodismo el clientelismo entre los medios y el gobierno se fraguaban desde las antiguas oficinas de prensa, donde se decidía a dónde dirigir las partidas publicitarias, con la consabida consigna de poner a dieta rigurosa de recursos a aquellos que no hubieran seguido las líneas discursivas marcadas por el gobierno.
En el mercado actual de medios de comunicación las partidas presupuestales para las campañas y las cuotas destinadas a la manutención de los partidos se han convertido en el nuevo botín en disputa, un nuevo modelo de clientelismo donde los medios tiene “la sartén por el mango” al grado de llegar a abiertas o sutiles “extorsiones” hacia políticos y partidos, más aún si se trata de mercados donde se da el duopolio o el monopolio informativo.
Los ciudadanos
Parece que a los ciudadanos nos está tocando la peor parte: desinformados, desorganizados, sujetos a la “realidad” que cada día publican los medios y despreciados por un sistema democrático que mantenemos con nuestro propio dinero, nos vemos acorralados en la disyuntiva de hacer frente o evadirnos.
Ante todos estos embates políticos y mediáticos, el ciudadano común sólo tiene una salida, la de defenderse.
Esto implica, claro, hacer un ejercicio para pasar de simples consumidores de medios, de realidades procesadas, a convertirnos en un público atento que ve, escucha, compara y se informa.
Algunos pensadores creen desde hace varias décadas que existe un público estático, que acepta el panorama tal como está sin el menor grado de escepticismo, que se “traga” las noticias, la llamada “realidad publicada” sin ningún procesamiento.
Sin embargo, los ciudadanos también se están transformando y estoy segura que éstos últimos tienden a desaparecer.
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