Ryszard Kapuscinski

"No creo en el periodismo que se llama a sí mismo impasible, tampoco en la objetividad, en su sentido formal. El periodista no puede ser un testigo impasible, debe tener eso que en sicología se llama empatía. Algunos no se sienten vinculados o comprometidos, o les parece que la del periodismo es una vida muy peligrosa. Por eso el llamado periodismo objetivo, desapasionado, no puede existir en situaciones de conflicto. Lo que quiero decir es que por tratar de ser objetivo, en realidad se desinforma".

Por María Fernanda Matus

Hace 15 años, siendo una novel reportera y trabajando como jefa de información de la oficina regional sur de la agencia Notimex en Oaxaca, escuché por primera vez mencionar el nombre de Ryszard Kapuscinski, periodista y escritor polaco ampliamente desconocido en el medio reporteril en el que yo me desenvolvía en esa época.

Después de leer y escuchar algunas historias acerca de su pasión periodística, las cuales encendían los ánimos de mi incipiente oficio, fue necesario conseguir algunos ensayos, relatos y libros escritos por este destacadísimo periodista, una tarea que no era fácil en ese momento y en ese lugar.

A partir de entonces e incluso después de haber pasado cuatro años por el periódico Reforma, mi atención hacia el periodista polaco se volvió una tarea de conciencia. Es decir, la obra de Kapuscinsky, pero sobre todo sus reflexiones personales, se volvieron una especie de objetores de mi propia conciencia reporteril, una suerte de antídoto contra las tentaciones del poder y contra el constante riesgo que hoy siguen corriendo los reporteros: la pérdida de la conexión con la realidad, la consecuente impasibilidad frente a la injusticia y peor aún la autocensura y el uso de la labor periodística como un arma que actúa con impunidad, sin rigor alguno.

Actualmente, en Internet, es posible recolectar una inconmensurable cantidad de artículos, ensayos, entrevistas y pensamientos de este autor, un hecho que permitió, a través de los años, que la trayectoria y obra del polaco pudiera ser conocida amplia y masivamente. Incluso, provocó la conocida apertura de sitios dedicados a su culto y otros que han difundido su vida y obra para impulsar premios, propuestas y escuelas de periodismo.

Sus preceptos sobre el periodismo fueron ganando relevancia en los últimos años a contra corriente, mientras los medios de comunicación en América y Europa se transformaban en empresas globales, movidas por el mero interés comercial, sin conceder siquiera una mínima cuota a preservar el espíritu periodístico real.

El pasado 23 de enero de 2007 el escritor polaco falleció en Varsovia y los medios impresos del mundo dedicaron amplios espacios a narrar su vida y obra. Profusos e interesantes artículos y ensayos se han escrito en estos meses a manera de homenaje en honor a este humanista.
Kapuscinsky se convirtió en una referencia para grandes periodistas y escritores de todo el mundo, el más conocido quizás sea Gabriel García Márquez, que contribuyó a acrecentar su fama llamándolo Maestro.

La obra de Kapuscinsky se basa en sus experiencias como corresponsal de guerra, pero la visión más trascendental la aporta como testigo de estas convulsiones mundiales, se dice que en 23 años cubrió 17 revoluciones en 12 países del llamado Tercer Mundo y se involucró especialmente “en la compleja realidad del continente africano”.

En mi opinión, las aportaciones de Kapuscinsky para entender la realidad de esos eventos históricos son relevantes no sólo por el hecho de haberlas vivido de cerca, ya que muchos otros periodistas lo hicieron, sino en la forma humanista en que son abordadas, vistas desde abajo, desde la perspectiva del ciudadano común y no desde la limitada función de reproducir los discursos oficiales de los gobiernos o grupos en conflicto.

Kapuscinsky relató en diversos ensayos y entrevistas cómo solía mezclarse en la vida cotidiana de los ciudadanos que padecieron estas guerras y recoger testimonios sin hacer notar su propia presencia, cumpliendo la máxima que el escritor Camilo José Cela incluyera en su famoso dodecálogo del periodista: ser el centro de nada y el reflejo de todo.

Otra de las grandes aportaciones del periodista se ubica en sus reflexiones acerca de los medios, la objetividad, el oficio periodístico y las relaciones con el poder, todas basadas más en su propia experiencia que en la profusa teoría que tuvo oportunidad de adquirir leyendo una vasta bibliografía que generalmente respaldaba sus artículos.

De hecho, Kapuscinsky solía resaltar este hecho. “Para mí”, escribe en la “Piel del Reportero”, “es fundamental que un reportero esté entre la gente sobre la cual va, quiere o piensa escribir. La mayoría de la gente en el mundo vive en muy duras y terribles condiciones y si no las compartimos no tenemos derecho, según mi moral y mi filosofía, a escribir”.

La Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano que hace una importante labor para rescatar los principios y valores del periodismo planteado por gente como Kapuscinsky, publicó en 2004 una colección que incluyó “Los Cinco Sentidos del Periodista”, primer libro de la colección Nuevo Periodismo, el cual por cierto estuvo disponible en línea en la página de dicha fundación.

Ryszard Kapuscinski recibió muchos reconocimientos, aunque nunca el Nobel de Literatura para el que estuvo nominado en varias ocasiones, acción probablemente justa puesto que lo suyo no era literatura pura.

La fundación Príncipe de Asturias, que le otorgó su galardón en el área de comunicación y humanidades en 2003, destaca que en una consulta realizada por la revista mensual Press fue distinguido con el título de Periodista del Siglo.

Escribo esto con algo de nostalgia, sabiendo que en 1997, cuando decidí salir del periódico Reforma, decidía algo más: abandonar mi trayectoria periodística caracterizada por una eterna curiosidad y un interminable cuestionamiento de la realidad, que han sido las constantes que mueven mi vida.

Quizás, como para muchos otros, me fue decepcionante encontrar que hay ideales que parecen no tener cabida en el periodismo de hoy. Pero la disyuntiva real era tener el tiempo y los recursos para tratar de aprender un poco más, estudiar y prepararse, aspiraciones que se vuelven muy difíciles para el reportero “de a pie”, ese que tiene que llevar la noticia diaria y que todavía no tiene una categoría que le permita ciertas concesiones.

Quiero cerrar con este párrafo escrito por el polaco en uno de sus ensayos:

“Cuando estuve durante la masacre de Ruanda de 1994, llegaron muchos periodistas conectados por e-mail, por teléfonos, que no veían lo que pasaba allí. Ellos llamaban a sus jefes en Nueva York, Londres, Madrid, y éstos les decían: "necesitamos confirmar esto..., tenemos la noticia de que en...". Ahí ya no eran independientes, ya no eran reporteros, sólo seguían órdenes de sus jefes que ni siquiera sabían donde quedaba Ruanda”.

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