"...¿Cómo vivir en un mundo con el que uno no está de acuerdo? ¿Cómo vivir con la gente si uno no considera suyas ni sus penas ni sus alegrías? Si sabe que no es parte de ellos..."
Milán Kundera apareció en mi vida en el momento indicado, iniciando mi vida adulta. Mientras recordaba mi experiencia con Kundera, uno de mis autores europeos más admirados, me topé con una nota titulada "Milán Kundera abandonada la guarida" en la edición electrónica del periódico El País.
Entonces recordé mi última lectura de Kundera, La Ignorancia, hace justamente 14 años, en Madrid, ciudad en la que pasé unas vacaciones de despedida antes de regresar a México luego de más de un tiempo de estar residiendo en Francia.
Pero fue hasta ahora, con la nota de El País, que caí en la cuenta de mi búsqueda inconsciente, durante estos 14 años de "silencio" de Kundera, de alguna novedad de este enigmático escritor checo y de la falta que le hace a las letras la brillantez de su estilo, que revela nuestros más humanas debilidades, impregnadas de una halo de sensualidad y absurdo, en un entorno político siempre complejo, historias sórdidas pero nunca superfluas, que nos replantean el sentido filosófico de la vida, todo en una sola historia, como en la mítica Insoportable levedad del ser o La Despedida. Imprime Kundera su sello particular en La lentitud, una mezcla de sentimientos pasados y presentes, que nos obligan a reflexionar sobre el transcurrir de la vida y la consecuencia de los actos que la tejen.
Kundera es un abrir de ojos, un descubrimiento a sentimientos y saberes, sensualidad, una forma de vivir muchas vidas antes de la propia. Recuerdo el libro de los amores ridículos, un muestrario repleto de formas de amar y de existir. La vida está en otra parte y La Inmortalidad son grandes novelas, que nos permiten asomarnos a vidas que quisiéramos, o no, haber vivido, pero que a través de Kundera se nos presentan simples, sin maquillaje, como es la vida misma, pero de las cuales, afortunadamente, los lectores, simples espectadores al fin y al cabo, logramos salir ilesos.
La nota de El País, que desató mis gozosos recuerdos de mi experiencia con Milán Kundera, dice que La fête de l’insignifiance (La fiesta de la insignificancia, bajo traducción literal), saldrá en septiembre de este año como parte de la célebre editorial francesa Gallimard, conocida como "el Olimpo de las letras francesas" y donde Kundera "se codea con Proust y Balzac". Un lugar para el cual Kundera tiene todos los méritos.
Milán Kundera apareció en mi vida en el momento indicado, iniciando mi vida adulta. Mientras recordaba mi experiencia con Kundera, uno de mis autores europeos más admirados, me topé con una nota titulada "Milán Kundera abandonada la guarida" en la edición electrónica del periódico El País.
Entonces recordé mi última lectura de Kundera, La Ignorancia, hace justamente 14 años, en Madrid, ciudad en la que pasé unas vacaciones de despedida antes de regresar a México luego de más de un tiempo de estar residiendo en Francia.
Pero fue hasta ahora, con la nota de El País, que caí en la cuenta de mi búsqueda inconsciente, durante estos 14 años de "silencio" de Kundera, de alguna novedad de este enigmático escritor checo y de la falta que le hace a las letras la brillantez de su estilo, que revela nuestros más humanas debilidades, impregnadas de una halo de sensualidad y absurdo, en un entorno político siempre complejo, historias sórdidas pero nunca superfluas, que nos replantean el sentido filosófico de la vida, todo en una sola historia, como en la mítica Insoportable levedad del ser o La Despedida. Imprime Kundera su sello particular en La lentitud, una mezcla de sentimientos pasados y presentes, que nos obligan a reflexionar sobre el transcurrir de la vida y la consecuencia de los actos que la tejen.
Kundera es un abrir de ojos, un descubrimiento a sentimientos y saberes, sensualidad, una forma de vivir muchas vidas antes de la propia. Recuerdo el libro de los amores ridículos, un muestrario repleto de formas de amar y de existir. La vida está en otra parte y La Inmortalidad son grandes novelas, que nos permiten asomarnos a vidas que quisiéramos, o no, haber vivido, pero que a través de Kundera se nos presentan simples, sin maquillaje, como es la vida misma, pero de las cuales, afortunadamente, los lectores, simples espectadores al fin y al cabo, logramos salir ilesos.
La nota de El País, que desató mis gozosos recuerdos de mi experiencia con Milán Kundera, dice que La fête de l’insignifiance (La fiesta de la insignificancia, bajo traducción literal), saldrá en septiembre de este año como parte de la célebre editorial francesa Gallimard, conocida como "el Olimpo de las letras francesas" y donde Kundera "se codea con Proust y Balzac". Un lugar para el cual Kundera tiene todos los méritos.
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