“(…) el Amor no trafica en un mercado, ni usa balanza de mercachifle. Su dicha, como la dicha del intelecto, es sentirse vivo”. Oscar Wilde, De Profundis

Sobre "De Profundis"


Por María Fernanda Matus Martínez

"De Profundis" es un texto que llega a las fibras de la razón y al alma y confirma el conocimiento, ahora experimentado en carne propia, sobre la condición humana que poseía gran Oscar Wilde. Las circunstancias en que fue escrito, mientras Wilde pasaba una condena de prisión como resultado de un proceso judicial que tuvo como única motivación la venganza, lo hacen particularmente revelador.

Consciente de su propia grandeza personal y artística, Wilde se permite desnudar el alma del amigo que inspiró esta carta (y el mismo proceso judicial por el que Wilde estaba preso) y a quien durante varios años entregó no sólo el gran amor de que era capaz, sino su propia voluntad: Lord Alfred Douglas (Bosie).

Las reflexiones que hace sobre la ligereza que puede llegar a tener el ser que es amado, hacia quien lo ama, son demoledoras. Es decir, el triunfo de la pequeñez sobre la grandeza humana.

Repasa Wilde los sentimientos y actitudes que llevaron a su relación con Douglas a la más profunda decadencia. Sus reflexiones van de la complacencia a la ingratitud, de la pasión a la fatalidad, del amor al odio, de la confianza al abuso…

Es importante saber la condición que atraviesa Wilde estando en la cárcel: quiebra financiera, arrebatados sus hijos, prohibidas sus publicaciones, sólo meses después de haber logrado el reconocimiento mundial.

En estos párrafos, quizás, se resume el sentido de su carta

“Los dioses me lo habían dado casi todo. Tenía genialidad, un apellido distinguido, posición
social elevada, brillantez, osadía intelectual; hacía del arte una filosofía, y de la filosofía
un arte; alteraba las mentes de los hombres y los colores de las cosas; no había nada
que dijera o hiciera que no causara asombro; tomé el teatro, la forma más objetiva que
conoce el arte, y lo convertí en un modo de expresión tan personal como la canción o el
soneto, a la vez que ensanchaba su radio y enriquecía su caracterización; teatro, novela,
poema en rima, poema en prosa, diálogo sutil o fantástico, todo lo que tocaba lo hacía
hermoso con un género nuevo de hermosura; a la verdad misma le di lo falso no menos
que lo verdadero como legítimos dominios, y mostré que lo falso y lo verdadero no son
sino formas de existencia intelectual. Traté el Arte como la realidad suprema, la vida como
un mero modo de ficción; desperté la imaginación de mi siglo de suerte que crease
mito y leyenda alrededor de mí; resumí todos los sistemas en una frase, y toda la existencia
en una agudeza.

Junto con esas cosas, tenía otras distintas. Me dejaba arrastrar a largas rachas de indolencia
sensual y sin sentido. Me divertía ser un fláneur, un dandy, un personaje mundano.
Me rodeaba de naturalezas mezquinas y de mentes inferiores. Vine a ser el manirroto de
mi propio genio, y malbaratar una juventud eterna me proporcionaba un curioso gozo.
Cansado de estar en las alturas, iba deliberadamente a las bajuras en busca de nuevas sensaciones.
Lo que la paradoja era para mí en la esfera del pensamiento, eso vino a ser la
perversidad en la esfera de la pasión. El deseo, al final, era una enfermedad, o una locura,
o ambas cosas. Me hice desatento a las vidas de los demás. Tomaba el placer donde me
placía y seguía de largo. Olvidé que cada pequeña acción de cada día hace o deshace el
carácter, y que por lo tanto lo que uno ha hecho en la cámara secreta lo tiene que vocear
un día desde los tejados. Dejé de ser Señor de mí mismo. Ya no era el Capitán de mi Alma,
y no lo sabía. Dejé que tú me dominaras, y que tu padre me atemorizara. Acabé en
una espantosa deshonra. Ahora para mí sólo queda una cosa, la absoluta Humildad (…)”

Es una lectura necesaria y actual, y lo será quizás por otros 100 años.



Comentarios

Perla Julieta Ortiz Murray dijo…
Quizás fue por eso que Wilde describió las emociones humanas en sus obras como pocos lo han hecho. Sería cansado describir la manera tan magistral como la pedantería y afectación del personaje central de "El retrato de Dorian Grey" devienen en una crítica no por soterrada menos feroz contra la moralina imperante en la sociedad victoriana, al mismo tiempo que deja entrever de manera sutil la sensualidad de un amor prohibido, Es el caso tambien, del juego de apariencias descrito en "El ruiseñor y la rosa", o la tierna ejemplificación de como el afecto y la consideración a los demás descritos en "El gigante egoísta" puede convertirnos en seres felices, más allá de toda posibilidad de duda.
Disuculpa querida Marifer, esta pequeña digresión provocada por la lectura de tus letras, pero es que con Wilde nada termina, sino solo empieza.

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