Una barrera más que sortear

Por María Fernanda Matus


El muro que nos separa de Estados Unidos ha existido siempre. Es el muro del racismo, de los embargos comerciales, de los acuerdos ventajosos, de la xenofobia que alcanza las más altas esferas académicas (incluyendo a Huntington y a Harvard), es el muro ideológico que nos separa de nuestros sueños de poder tener, de ser alguien al estilo "occidental", es el muro que divide el patio trasero del resto de la casa. Ahí ha estado siempre y prevalecerá mientras la arrogancia estadounidense no permita aceptar las ventajas que les significa la inmigración en ambos sentidos.

Más aún, el fenómeno real que significa la migración en su sentido más general: la emigración del campo a las ciudades o el llamado “planeta ciudad”, por ejemplo o la emigración hacia los países desarrollados que se presenta en todo el mundo. Al final de cuentas, dicen por ahí, todos tenemos una experiencia migratoria, algunos temporal, otros de por vida, quizás la propia humanidad busca su equilibrio natural.

Aún en el sentido más práctico, el fenómeno migratorio, para el más pobre entendedor, representa un asunto de beneficio mutuo y en el caso de Estados Unidos, por donde se vea, mucho más benéfico para su economía de lo que se pretende mostrar.
Para los mexicanos (se calcula que más de 14 millones mexicanos de nacimiento radican en Estados Unidos, de los cuales casi una tercera parte son indocumentados) el ingreso que obtienen en ese país, por injusto que sea, es inviable de obtener en su país.

Individualmente, sortear ese muro significa la posibilidad de mantener una familia, de alcanzar un status, de dar una probadita a las mieles de la buena fortuna aún a costa de los malos tratos, la vida a salto de mata, la clandestinidad, el abandono de la tierra y los seres queridos.

Para la economía mexicana las remesas son un pilar fundamental, muy por arriba de los ingresos por turismo, por ejemplo. Para Estados Unidos, el trabajo de los mexicanos es altamente valioso y ventajoso. Pero tal como aparece expuesto, los mexicanos sólo representan problemas y amenazas.

Samuel P. Huntington lo llamó el “desafío hispano”, pero el nombre se quedó muy lejos de evidenciar el verdadero sentido de su juicio sobre ellos.
Los mexicanos están cerca, crecen en número más que nunca , están creando una nueva cultura y están reconquistando demográficamente las tierras que les pertenecían, las mujeres son prolíficas, el idioma español se expande en uso. Según Huntington los mexicanos emigran “en cadena”, llevándose consigo más y más familiares y desdeñan la cultura angloprotestante de Estados Unidos. Para terminar su triste “desliz” llamado "El desafío hispano”, el científico estadounidense asegura que los mexicanos están demasiado cómodos en los estados del sur de Estados Unidos por una sencilla razón: esos territorios fueron suyos y quieren reconquistarlos!!!! Y le pone nombre: los mexicanos podrían formar, en 2008, la República del Norte.

En todo caso, para Huntington, la frontera se está “diluyendo”, “desdibujando”. Para acabar pronto: “Si la tendencia continúa, (la inmigración mexicana) podría producir una consolidación de las zonas de predominio mexicano, que pasarían entonces a convertirse en un bloque autónomo, cultural y lingüísticamente diferenciado y económicamente independiente, dentro de Estados Unidos.

El muro está ahí y se viene construyendo desde hace muchos años. Hemos vivido con un muro de desprecio siempre. Y contra todas las barbaridades que pudieron haber escapado de la cabeza de Huntington en este capítulo de su libro “Quiénes somos”, los mexicanos han demostrado y siguen demostrando una asombrosa capacidad de adaptación que superará, incluso, a cualquier muro físico que pueda imponerse entre ambos países. Para los emigrantes mexicanos el muro sólo significaría una barrera más que sortear, aún cuando a los ojos de todos significa un claro atentado que no corresponde a los avances de la humanidad en pleno siglo XX.

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