Algo se mueve



He estado viviendo algo incómoda en mi país por varios años. Aquí nací y crecí, estudié, trabajé, progresé, formé mi familia, de aquí provengo. Pero por muchos años sentí que nada se movía al mismo ritmo que una serie de cuestionamientos que rondaban mi cabeza incesantemente y eran regla para analizar los temas que, como ciudadana y como sociedad me importaban y yo creía que debían importarnos a todos. Por muchos años, incluso aquellos en los que consideraba que ser periodista era ser un “testigo privilegiado” de la historia, me sentí incomprendida, incómoda, incluso fuera del lugar en una sociedad que no se caracterizaba por la participación, la discusión o la formación de un pensamiento crítico (esto último aun creo que lo estamos desarrollando). Estas características parecían ser exclusivas de aquel “círculo rojo” de figuras de opinión, periodistas, políticos o investigadores. Quizás mi única ventaja fue haber ejercido la profesión periodística desde temprana edad, en una época y en medios en los que me veía obligada a escarbar, literalmente, en las bibliotecas, centros de documentación, en las que había escabullirse en las oficinas y despachos de los funcionarios para obtener documentos, datos o “pruebas” e incluso confirmación visual y física de los datos que me permitieran afirmar un hecho y llevarlo al periódico. Así me enseñaron y así vi trabajar a varios colegas bien comprometidos con la verdad.
Pertenezco a una “generación” que tuvo la suerte de pasar el umbral de la vida “off line” a la vida “on line”, es decir, no escribí mucho tiempo en aquellas redacciones de máquina de escribir, pero sí fui de las primeras que usó el internet y la tecnología porque, además, me dedicaba a escribir sobre estos temas que antes llamábamos telecomunicaciones.
Pero lo que aquí importa es que siento, felizmente, que “algo se mueve” en nuestra sociedad, lo que no es obra ni de una persona, ni culpa de otra. Los clásicos griegos lo dijeron hace mucho y debatían sobre las mismas cosas a las que hoy nosotros abrimos el debate: corrupción, democracia, elección, violencia, género, derechos humanos, la familia, el gobierno, la economía, etc. etc.
Lo hacemos ahora quizás contagiados por las olas que se forman del proceso de elección que se avecina, pero yo creo que esas olas deberían alcanzar proporciones mayores y seguir moviendo las aguas porque sólo así nuestra sociedad podrá salvarse a sí misma. Difícilmente un poder instituido o institución, por sí misma y voluntad propia, pueda generar cambios sociales sustantivos que nos lleven a mejores estadíos. La transparencia de que gozamos hoy es un ejemplo. La libertad para expresarnos que gozamos hoy es otro. Faltan muchas transformaciones más pero no se harán solas. Un gran pendiente, por citar un ejemplo, es nuestro verdadero compromiso con el medioambiente.
Exigir amerita conocer. Por eso creo, a pregunta que nadie me ha hecho, que la verdadera base del cambio social que podrá llevarnos a mejores niveles de pensamiento crítico informado es la educación. Casi cualquier tema de los males que nos aquejan está ligado a la educación en sus varias vertientes: la que recibimos en la academia por parte del Estado, la que recibimos en casa por parte de la familia y la que recibimos en el ámbito social por parte de las demás personas que forman la sociedad. Si estas vertientes no se empatan en temas relativos al Estado de Derecho (respeto a las reglas del juego por ponerlo de un modo sencillo) entonces sí estamos destinados a que esas olas que han empezado a mover la discusión social en nuestro país, se queden en eso, en meras discusiones huecas, como si fuera un debate televisivo.

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