Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

“El desprecio hacia los grupos exclusivamente femeninos nos indica que existe un tabú oculto, aunque ese tabú no tenga nombre (todavía). ‘Lesbiana’ es el coco que se emplea para intimidar a las mujeres que pudieran intentar establecer relaciones prioritarias con otras mujeres sea en los negocios, la política o, simplemente, para comprar un piso con una amiga”.
Tomado de “El tabú de la lealtad entre las mujeres, de Shere Hite


Por María Fernanda Matus

Como cada año desde hace 24 en que la ONU adoptó un consenso sobre la “Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer”, se comprueban en este día las escalofriantes cifras oficiales de casos de violencia que se derivan de costumbres, prácticas, políticas y actos en contra de las mujeres, por el sólo hecho de pertenecer a este género.

Comportamientos similares en contra del sexo femenino se observan corrientemente en todos los puntos del planeta, en sociedades tribales y avanzadas, en poblados rurales y metrópolis, en culturas occidentales y orientales, en Estados Unidos como en Perú, en Francia como en Tailandia o en México como en India.

Basta echar un vistazo a las noticias de hoy para cerciorarse de que ni siquiera se registra una mejoría en las estadísticas. Las mujeres siguen siendo atacadas, vulneradas, segregadas, agredidas en sus casas, en sus trabajos, en la calle, por sus jefes, por sus maridos, por desconocidos, por la sociedad patriarcal en general.

La discusión sobre la culpa de las propias mujeres por su tolerancia a los castigos o su influencia en la formación de hombres que terminan siendo sus verdugos tiene muchas vertientes e implicaciones. Sin embargo, nada puede justificar, en el ámbito de la civilidad, la agresión de que especialmente son objeto las mujeres.

Victoria Sendón de León (2001) lo pone en otro sentido, hablando de la globalización:“(…) aquel “orden masculino”, que existía desde mucho antes, ha ido tomando diversas formas y ha llegado a sus cuotas de máxima expansión con la Globalización en un momento histórico en el que la realidad se nos muestra en toda su crudeza y el triunfo de aquella masculinidad amenaza con dominar la Tierra y someter a las mujeres al hilo de sus deseos más perversos”.

En India, por ejemplo, las 'esclavas de Dios' o “devadasis” eran las prostitutas sagradas que asumían el acto sexual como una experiencia espiritual derivada de una especie de contrato matrimonial con la diosa Yelamma, que les impide atarse a algún hombre en particular y las obliga a encarnar el principio del amor libre e ilimitado.

Guillermo Giacosa describe en Perú 21 los detalles de tal arreglo: “El matrimonio con la diosa se efectúa cuando la niña tiene entre cinco y seis años y la compromete de por vida. El primer contacto con la religión lo constituye la ceremonia de la desfloración a cargo de un sacerdote brahmán. A partir de ese momento, la niña debe estar disponible para recibir hombres a cambio de un par de dólares que servirán para ayudar a su familia. Pasados los veinte años, si tiene suerte, la joven podrá convertirse en la concubina de algún notable del lugar o bien pasa del estatus de 'prostituta sagrada' al de la casta de mendigo”.

Según los datos de Sendón de León, el 86 por ciento de las mujeres que en Madrid se dedican a la prostitución son inmigrantes y más de un 95 por ciento lo hace para poder pagar su rescate a las mafias, mientras lo que se define como prostitución voluntaria o de alto standing sólo alcanza la proporción de un 5 por ciento.

En este análisis no necesitamos “datos duros”, éstos abundan y son interminables. La violencia contra las mujeres es un hecho tan común y tan cercano en algunas de sus posibilidades, que no es necesario recurrir a las terribles estadísticas que hoy invaden los espacios periodísticos. La experiencia inmediata rebasa el abstracto.

Según la Declaración de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer elaborada el 20 de diciembre de 1993, ésta se define como " todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para las mujeres, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como privada".

El feticidio y el infanticidio femeninos, el incesto, el maltrato a las esposas y la violación marital en la esfera privada constituyen maltrato femenino. La prostitución forzada, el acoso sexual, las violaciones y relaciones sexuales bajo coacción en el matrimonio, las violaciones por parte de extraños, las violaciones sistemáticas durante los conflictos armados, los abusos sexuales de menores, la trata de personas, los actos violentos contra la integridad sexual de las mujeres como la mutilación genital y las inspecciones obligatorias de virginidad también son actos violentos contra ellas.

Es posible que la mayoría de las mujeres pudieran identificarse con alguno de ellos y , peor aún, que muchas los padezcan en mayor o menor grado de manera diaria.

Pierre BOURDIEU escribía: “la dominación masculina, que hace de la mujer un objeto simbólico, cuyo ser es un ser-percibido, tiene el efecto de colocar a las mujeres es un estado permanente de inseguridad corporal o, mejor dicho, de alienación simbólica. Dotadas de un ser que es una apariencia, están tácitamente conminadas a manifestar una especie de disponibilidad (sexuada y eventualmente sexual) con respecto a los hombres”

Esa sutil violencia simbólica nos coloca, de entrada, en el peor terreno.

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