¿Qué pasa en París?

Los postulados de Sartori y Huntington reviven en Europa

Por María Fernanda Matus


  • El resentimiento cultural explota en Francia
  • La comunidad magrebí, un caldo de cultivo para la violencia
  • Estados Unidos y la derecha francesa podrían tomar inspiración y agudizar el problema

A muchos ojos sorprendieron los hechos de violencia que iniciaron en París recientemente y que se han extendido por varias regiones de ese país y otras ciudades europeas, principalmente en Alemania y Bélgica.

La extrañeza es cómo puede ocurrir algo así en un país de "primer mundo", donde aparentemente la cohesión europea, el multiculturalismo y el orden prevalecen. Hay una moneda común, un acuerdo comercial continental y una paz duradera producto de años de luchas que han sido inspiración para el mundo.

Sin embargo, hay una parte de la historia de Francia que no ha sido suficientemente abordada o acaso silenciada. Se trata de la que se deriva de las batallas con sus ex-colonias del Magreb, es decir, Marruecos, Argelia y Túnez, de donde han emigrado miles de franceses de "segunda clase" que se asentaron primordialmente en París, Lille y Marsella, básicamente por cuestiones de supervivencia, de búsqueda de mejores empleos y progreso para los hijos.

Los magrebís han ido quedando confinados en ciertos territorios, precisamente donde se iniciaron los disturbios, viviendo en una miseria diferente a la nuestra, pero finalmente miseria.

A pesar de ser asistidos económicamente por el estado, estas colonias de inmigrantes se han convertido en especies de "ghettos" en los que las primeras generaciones, los abuelos o los padres de los jóvenes que iniciaron los disturbios recientes, se empeñan en preservar las costumbres culturales y religiosas de sus países de origen, acaso alentados por el desprecio que históricamente han sentido de parte de los franceses, básicamente contra su religión.

Para algunos argelinos también hay fuertes resabios de la guerra de l 57. Pero, en general, los magrebís asentados en Francia, nunca han podido integrarse a las costumbres occidentales, argumento que los franceses usan para justificar su actitud hostil.

Tal como señala Giovanni Sartori, multicutlural no significa necesariamente plural. Francia se ha convertido en un país multicultural, aún a su pesar. Sin embargo, las condiciones han provocado una situación de tensión entre los magrebís y los franceses que ha explotado en estos días, acaso por un mero pretexto como fue la muerte accidental de dos inmigrantes musulmanes que eran perseguidos por la policía francesa.

Los argumentos de Sammuel Huntington acerca del choque de civilizaciones toman relevancia en este conflicto que finalmente tiene su base en la intolerancia religiosa. Y también lo toma la persistente actitud de agresión que Estados Unidos ha emprendido contra el Islam desde la guerra de Irak. El papel de George Bush mucho tiene que ver con la situación actual de choque entre ambas culturas.

El desenlace de los disturbios que iniciaron en París la semana pasada puede ser terrible. Los inmigrantes musulmanes asentados en Francia han guardado un resentimiento histórico en contra de ese país. Ellos aseguran que hacen los trabajos que ni siquiera los libaneses, turcos o sirios aceptan y que no están dispuestos a abandonar sus arraigdas costumbres religiosas y culturales que trajeron de sus países de origen. Obligan a sus hijos a preservarlas y en algunos casos los hostigan para relacionarse sólo con jóvenes de su misma religión.

Esta generación, sin embargo, ya no está tan dispuesta a aceptar esas costumbres que les son ajenas. Han nacido en Francia y hablan francés a la perfección a diferencia de sus padres y abuelos, algunos de los cuales incluso preservan sus lenguas indígenas o bereberes.

Por el otro lado, esta nueva generación de magrebís, sin embargo, tampoco se siente aceptada por Francia. Argumenta que sigue siendo excluída. A pesar de que nacieron en este país y prácticamente carecen de acento árabe, sus rasgos los delatan. Aducen que las oportunidades que tienen son pocas dentro de una sociedad que los rechaza. Eso, señalan, los lleva a marginarse y caer en el vicio.

Lo más peligroso, sin embargo, es el resentimiento que estos jóvenes guardan, el odio contenido heredado de su padres y abuelos que puede hacer de este movimiento un conflicto sin precedentes.

Acaso también sea peligroso por la inspiración que puede dar a la derecha más conservadora de Francia y al empuje de la política estadunidense de dominio occidental a toda costa sobre el Islam.

Sin embargo, mientras la hipótesis del choque de civlizaciones de Huntington parece cumplirse en los disturbios franceses, no así su visión sobre el problema de la emigración mexicana a Estados Unidos, que podría salir a relucir a propósito de los hechos en Francia.

Aunque podrían argumentarse ciertos paralelismos entre ambas situaciones, sería incorrecto aceptar la fantasiosa hipótesis del sociólogo de Harvard sobre la supuesta peligrosidad que los mexianos inmigrados en Estados Unidos significan para ese país.

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